Culicagada caprichosa.
Pienso en ella y me dan ganas de pegarle un par de nalgadas, aunque esté en completo desacuerdo con la violencia.
Pero es que me da una rabia cuando me acuerdo de la cara de fastidio que hacía cada vez que su mamá ponía sobre la mesa la infaltable refractaria de sudado de pollo y carne.
La condenada blanqueaba los ojos y, con esa voz chinchosa de niña quejetas, soltaba:
—¿¡Sudadooo!? ¡Pero mamá! El sudado me da dolor de cabeza.
¡Hágame el favor la excusa!
Su mamá, una santa (santa, pero al borde del colapso), se iba para la cocina, abría una lata de atún y le decía:
—Esto es lo que hay.
Y la niña, con cara de caca, se lo comía a regañadientes, en medio de un ambiente tenso, que se tornaba peor cuando su hermano inevitablemente regaba el jugo sobre la mesa. Como todos los santos días.
Era tan malcriada la condenada, que, en lugar de ver ese plato como una bendición —que lo era—, lo sentía como un agravio personal.
El papá no era testigo habitual de ese espectáculo porque pasaba la mayor parte del mes fuera de la ciudad, trabajando para que, justamente, no faltaran el arroz ni la papa que reposaban al lado del muslo atomatado y de la costilla de res.
Por eso, el día que su visita coincidió con ese menú —y con el berrinche habitual de su hija—, no se enojó. Se le ocurrió una idea.
—Bueno —dijo el señor—, vamos a jugar al cumpleaños. ¿Quién quiere que le celebremos el cumpleaños?
—¡Yo, yo! —respondieron los hermanos.
—Listo. Vamos a hacer entonces una torta para cada uno. Comencemos con la de Catalina (la niña caprichosa). A ver… préstame tu plato, gordis…
Acto seguido, comenzó a picar en pedacitos la costilla, desmechó la carne del muslo, le agregó arroz, desbarató un par de papas, le puso salsita y mezcló todo como si estuviera armando un calentado.
Luego, con la ayuda de un cuchillo que usó como pala, le dio forma de torta cuadrada. La coronó con una tira de tajada de plátano maduro, porque toda torta necesita una vela.
Y cuando terminó su obra maestra, con un entusiasmo que contagió la mesa, comenzó a cantar:
—“Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, cumpleaños a la gordis… ¡cumpleaños feliz!”
Y todos aplaudieron. Incluso la mamá, que al principio no parecía muy convencida con ese innecesario acto de condescendencia.
El papá, que sabía exactamente lo que hacía, invitó a la niña a probar “la torta”.
Y así fue como, por primera vez, probé —y me devoré— el delicioso sudado de mi mamá. Sin chistar. Sin peros. Sin jaqueca.
Esa tarde descubrí algo que, con los años, fui entendiendo mejor:
cuando hay espacio para jugar, hay espacio para probar, para explorar, para ver las cosas de otra manera.
Y no, no se trata de armar un circo para comer, ni de jugar al avioncito con la sopa.
Se trata de recordarnos que también podemos divertirnos en la mesa y en la cocina.
No fue la comida lo que cambió.
Fui yo.
Porque alguien me mostró que también podía ser divertido.
Y eso es exactamente lo que quiero hacer contigo ahora.
Porque con la comida sí se juega.
Y no hay mejor ejemplo que una ensalada.
Sí, una ensalada. Ese plato que a veces suena a castigo, a dieta o a aburrimiento, puede volverse un juego delicioso si te enseñan cómo.
Por eso creé Ensalada Game.
Una experiencia para que te diviertas mientras aprendes —no solo recetas—, sino un método para combinar ingredientes, texturas, sabores y colores sin miedo, sin reglas estrictas, sin límites.
Aquí no hay que pintar dentro de la línea ni sentarse derechos.
Aquí vienes a soltar la mano, a probar lo que nunca has mezclado, a liberarte del “esto no combina” y a descubrir el placer de crear platos que se sienten tuyos.
Porque cuando juegas, aprendes.
Y cuando aprendes así, nunca se te olvida.
Te lo digo yo que creo que siempre recordaré con lujo de detalles las tortas de sudado de mi papá.
Entonces, ¿Qué dices? ¿Jugamos?
Si te suena ser parte de esta experiencia, haz clic aquí.