Lo que me hubiera gustado saber antes de emprender

“Necesito hacerme unos pesos extra este diciembre”, le dije a mi entonces esposo, preocupada por mis precarias finanzas y la inminente llegada de la Navidad. 

Era el último mes del 2012, el mismo año en el que había renunciado a las agencias de publicidad para apostarle a la independencia y empezar a vivir de mi pasión: la cocina. 

La verdad es que no me podía quejar.

Cuando salí con mi cajita de la última empresa en la que trabajé, casi de inmediato se me abrieron las puertas para crear contenido con marcas que había tenido que rechazar, los ingresos comenzaron a llegar pronto y a esta señora se le ocurrió la sensata idea de usar el primer pago generoso para… ¡viajar! 

Porque claro, mi mentalidad 13 años atrás estaba lejos de pensar en estabilizar mis finanzas y mi nueva condición laboral.

No, yo andaba en el mood de: “me lo merezco, para eso trabajo, Dios proveerá…” 

Tres meses después estaba mirando para el techo, preguntándome de dónde iba a sacar para los regalitos y por qué había sido tan irresponsable. 

Me di palo una semana —porque sí que soy buena para eso—, pero luego hice algo para lo que también soy muy buena: construirme mi propia varita mágica. 

Me explico. 

Toda la vida he creído que uno tiene derecho a quejarse, lamentarse, llorar sobre la leche derramada y darse palo, peeeeeeero, no quedarse ahí.

Regalarse un tiempo cortico para hacerlo y luego coger un trozo de madera, sacar la pulidora, darle forma de palito, hacerle una estrellita, pegársela a la punta y empezar a solucionar. 

Porque sí, mis queridos amigos y amigas, las varitas mágicas se las construye uno mismo y se activan con nada más y nada menos que la acción. 

Por eso, después de secarme los lagrimones con el último billete que me quedaba, se me ocurrió la súper idea que me haría generar ingresos ese mes: vender cenas navideñas preparadas por mí. 

Aproveché que ya tenía una comunidad en redes construida y lancé mi servicio. 

Para ser honesta, yo esperaba una avalancha de pedidos, pero no fue así. 

Llegaron unos cuantos que, según mis cálculos, serían suficientes para reunir algo de dinero y así cancelar el plan de regalarles a todos tiqueteras de abrazos. 

Anoté los pedidos, hice las compras, cociné miles de horas, empaqué las cenas, mi ex me llevó a hacer ruta el 24 de diciembre en Bogotá para repartirlas y, cuando por fin llegamos a la casa a celebrar con los sobrados de lo cocinado, me hizo la pregunta que me consumió en la más absoluta tristeza:

—“Bueno, ¿y cómo te fue?, ¿ganaste lo que esperabas?” 

Y entonces yo, con los ojos vidriosos como los muñequitos japoneses cuando están a punto de llorar, le confesé la triste verdad:

—“No me lo vas a creer, pero… solo gané $5.000 pesos (unos 3 dólares de la época).” 

Hubo un silencio sepulcral. Silencio que se rompió con una carcajada contagiosa, un abrazo y unas palabras que me reconfortaron:

—“¡Lo bueno es que aprendiste, y lo intentaste!” 

En ese momento yo me estaba riendo también. No podía creer que había pasado horas en la cocina y en un carro para ganarme la exorbitante suma de 3 dólares. 

Me sentí la peor emprendedora, la más mala para costear, la más mala para cobrar por mi trabajo, y me dije un montón de esas cosas que uno se dice cuando no sabe mucho de autocompasión. Pero, sobre todo, me prometí a mí misma que esto no me volvía a pasar en la p*t* vidaaaaaaaaa. 

Y la verdad, es que nunca más me volvió a pasar. 

Gracias a esa anécdota y otros aprendizajes, ratifiqué esa frase que dice: 

“si vendes algo y no ganas dinero, tienes un hobby, no un negocio.” 

 

Una frase que duele más que pegarse el dedo chiquito del pie con la punta de la cama, pero que está llena de sabiduría. Y con ese mismo dolor del alma, me he dado cuenta de que le aplica a muchos de quienes he visto intentar crear sus propias experiencias sin lograr el resultado que soñaban. 

Personas que incluso han alquilado mi espacio ConContraseña con toda la ilusión de convertir su talento en un negocio que les genere ingresos, pero que —por desconocimiento o falta de planeación, como me pasó a mí alguna vez— terminan perdiendo dinero, ganando apenas lo justo o, peor aún, poniendo en riesgo su reputación como anfitriones. 

Y no por el espacio (porque ConContraseña es una cosa muy hermosa), sino por no haber hecho bien los números, por no saber cómo vender su experiencia, por no tener una propuesta de valor poderosa, por no medir bien sus tiempos, por obviar todo lo que un buen anfitrión debe tener en cuenta para ofrecer un momento inolvidable que todos quieran repetir.

 

Y es que puedes tener un letrero de neón divino, tarjetas de negocios impresas en tinta dorada, un local hermoso, ser la mejor o el mejor en el servicio que ofreces, tener ochocientos mil likes en un post de Instagram, cocinar buenísimo, pero si lo que haces o vendes no es rentable o no le interesa a nadie, tienes dos opciones: 

  1. Apague y vámonos.

  2. Aprender qué debes hacer para cambiar el guion. 

Yo me fui por la segunda y me dediqué a estudiar de mil maneras cómo podía vivir de mi pasión y ser rentable sin morir en el intento. 

Algunas de esas cosas las aprendí en diplomados, otras con mentores, otras a las patadas… pero todas han sido parte de mi camino.

Un camino que no quiero guardar solo para mí, porque sé lo transformador que puede ser para otros. 

Por eso creé La Escuela Secreta para Creadores de Experiencias, un viaje de 5 módulos donde te voy a enseñar con mucho amor lo que a mí me tomó años descubrir: cómo crear algo tuyo, que te apasione, que te dé independencia y que, además, sea rentable. 

Pero, sobre todo, para que no te pase lo mismo.

Para que no te ganes “tres dólares” después de cocinar hasta las tres de la mañana.

Para que no confundas hobby con negocio.

Para que te ahorres los años de ensayo y error que yo ya me tragué enteritos. 

Si sientes que tienes talento pero no sabes cómo monetizarlo, si sueñas con independencia económica o si simplemente quieres dejar de frustrarte porque lo que haces no te da lo que esperas, este curso es tu punto de partida. 

Si yo pude construirme mis propias varitas mágicas y pasar de ganar lo que cuestan dos Chocoramos a tener un negocio rentable por donde ya han pasado más de 5.500 asistentes en tres años, créeme que tú también puedes hacerlo.

Yo solo vengo a prestarte la caja de herramientas para que empieces cuanto antes y como debe ser.

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