Crónica de una fiesta de fin de año anunciada

– ¿Qué pasó flaquita?, ¿estás bien?

– Me dieron el presupuesto para la fiesta de fin de año.

– ¿Cuánto?

– Un millón de pesos (respondía la flaca con la voz entrecortada), 

 ¡¡¡un millón para que organice una fiesta para 120 personas!!!

 

Claudia, a quien todos llamamos cariñosamente “la flaca”, 

es una de esas personas que se hacen querer con facilidad.

 

Además de ser la responsable de todos los eventos sociales de la agencia de publicidad para la que trabajábamos y de muchísimas otras funciones que desempeñó con estoicismo, había desarrollado súper poderes para extender los presupuestos que le asignaban y así lograr celebraciones “decentes” donde todos estuviéramos contentos.

 

Ese año no había sido bueno para la agencia; de ahí que la fiesta de fin de año sólo contara con la exorbitante suma de $8.333,33 para derrochar en cada uno de esos empleados que se habían puesto la 10 durante todo el año.

 

$8.333,33 por persona que debían alcanzar para locación, alimentación, rifas y trago.

 

Después de pegar uno que otro madrazo y de quejarnos por el desafío tan grande que nuestra amiga tenía por delante, recuerdo que la abrazamos y en un fingido ataque de optimismo le dijimos que fresca, que ella era una dura y lo íbamos a sacar adelante.

 

La flaca, que nada tiene que envidiarle a Harry Potter o más bien a Hermione que es la que en realidad hacía toda la magia, no sé de donde se levantó una casa desocupada que estaba en alquiler cerca de la agencia, un parlante, se consiguió las rifas con patrocinios de los clientes: planchas, sanducheras, licuadoras y algún otro electrodoméstico con el que estuvieran encartados, y guardó lo que quedaba para comprar la comida.

 

Llegó el día de tan magno evento, la flaca se fue para la casa abandonada a organizar todos los detalles, cuando de repente nos llama en medio de un ataque de pánico.

 

Resulta que como la casa llevaba un tiempo desocupada, le habían cortado el agua.

 

Conclusión: no funcionaban los baños y todos sabemos lo que eso significa, sobre todo en una fiesta de fin de año.

 

¿La solución?
A la velocidad de la luz contrató uno de esos baños móviles que ponen en los conciertos que siempre huelen a ambientador de cereza mezclado con berrinche, y como este remedio consumió buena parte del boyante presupuesto, la comida se transformó en empanadas, crispetas, Tostacos, mentas heladas Colombina (cómo olvidar las mentas), y varias cajas de güaro que es lo que más embrutece y lo que con seguridad haría olvidar tanta precariedad.

 

Nuestra misión como amigas fieles, era repartir tanta cantidad de aguardiente como fuera posible durante los primeros minutos de la fiesta, porque como bien podría decir el dicho:
 

“mátame guayabo ya que el amor (por los trabajadores), no pudo”.

 

Una hora después, 120 personas estaban disfrutando tal vez una de las mejores fiestas de fin de año de su vida.
 

Un trencito humano recorría la casa al son del Carrapicho mientras esquivaba el baño verde instalado en la mitad de lo que alguna vez fue una sala.
 

El gerente de la agencia, ya con la corbata en la cabeza, repartía crispetas y mentas a diestra y siniestra.
 

El practicante de contabilidad aprovechó para mostrarnos sus mejores pasos en la pista.
 

Mauricio se ganó la plancha que rifaron donada por un cliente.
 

Yo comprobé una vez más por qué no debo degustar la popular bebida anisada, 

y…cerramos con broche de oro:

una pelea.

 

El alcohol hizo lo suyo y despertó la tusa de una de nuestras amigas quien no pudo evitar estallar en llanto.

 

David, otro compañero siempre tan diligente, se acercó a consolarla mientras los demás veíamos la escena.

 

En ese momento llegó Andrés, alias “el chiquito”, y preocupado preguntó por qué lloraba nuestra amiga.

A Betty le pareció muy gracioso decirle que era porque David le había pegado a la entusada y por eso estaba llorando.

 

Embalentonado salío corriendo dispuesto a encarar al poco hombre, pero por fortuna tres torpes borrachos impidieron que nuestro Goliat le lanzara un puño al inocente David.

 

Betty sólo se reía. Yo también. Mi amiga seguía llorando.

 

La cosa es que en ese momento la velada se acabó y con ella, la paridera de nuestra querida flaca que la sacó del estadio de donde me imagino, también sacó el tan necesario baño portátil.

 

Y es que si hay alguien que sufre mucho en noviembre-diciembre, es esa pobre criatura a la que le asignan la labor de organizar el evento que da cierre al año.

 

Además de tener que seguir con las labores correspondientes a su cargo,
también debe pedir cotizaciones, coordinar fechas, elegir menús, cuadrar transportes, pensar en rifas, juegos y espectáculos, calibrar gustos y ser lo suficientemente astuta para que todos la pasen bueno, se olviden por un momento de los retos de las anteriores 52 semanas y evitar crear un escenario donde alguno de los empleados termine encaramado en un bafle con los pantalones abajo o diciéndole al vicepresidente financiero que lo ama.

 

Todos alguna vez hemos sido la flaca y todos alguna vez la amiga solidaria.

 

Yo he sido las dos y sin lugar a dudas me quedo con la segunda.

 

Tan es así, que en nombre de la solidaridad y la empatía, vengo a decirte que si este año tu eres “la flaca” o “el flaco” en tu trabajo o en tu grupo de amigos o en tu familia, no te voy a dejar solo(a).

 

Yo me voy a encargar de armarte ese plan de fin de año y de hacer que sea inolvidable, sin que tengas que preocuparte por nada.

 

¿Y cómo lo voy a hacer?

 

He diseñado un portafolio de experiencias privadas en ConContraseña, mi fábrica de experiencias en Bogotá, para que puedas organizar un plan único en el que además de cocinar en grupo un menú delicioso en medio de un ambiente divertido y relajado, puedan disfrutar en la mesa, pasarlo bueno, brindar y celebrar la paz que da no tener que planear nada.

 

Nuestros eventos privados son para grupos de mínimo 8 y máximo 30 personas.

 

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Mi equipo y yo seremos más que felices de quitarte un peso de encima para que puedas disfrutar también y tus invitados se llenen de felicidad y no de crispetas.

 

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¡Ah!, prometemos pagar el recibo del agua.