Enamorarse es hermoso, pero nadie habla del susto que se siente cuando el corazón se quita la pijama, se estira para desperezarse y se mete a la ducha (por lo general con agua fría) para volver a salir al mundo.
Cuando dicen que el amor nos toma por sorpresa, no es porque un día abrimos un tarro de azúcary de repente salta de él el hombre o la mujer de nuestras vidas, o porque un día ibas a cruzar la calle distraída, un taxi casi te atropella y se baja un angustiado pasajero que además resulta ser cirujano de columna, te alza en sus brazos, se miran y se casan.
No.
El amor, como sentimiento, nos toma por sorpresa porque un día inesperado comenzamos a mirar con otros ojos a esa persona con la que teníamos citas divertidas, conversaciones chéveres, con la que bailábamos o íbamos a cine y nos mandábamos memes.
Cuando todo eso continúa, pero se siente diferente.
Es como la premenopausia —y perdón por el ejemplo tan poco romántico—, pero en un momento estás así toda tranquilita, toda chill, y de repente ¡BUUUUUUUUM!, te llega un fogonazo de calor que de la nada te consume la cabeza y te preguntas: ¿qué es esta mierd…?
Bueno, así a veces llega ese momento ¡ajá! en el que descubres que no hay marcha atrás.
Que ese corazón que andaba con el salvapantallas encendido volvió a sentir.
Y claro, te alegras, te emocionas, te derrites, te pones más cursi, te vuelves más soñadora, pero también… te mueres del susto.
La razón es sencilla: cuando vuelves a sentir y además algo te dice que vale la pena, quieres hacer todo lo posible por cuidarlo.
La cosa es que la mente es tan divina que, por contraste, te muestra una proyección de todo lo que hiciste —o crees que hiciste— mal en tus relaciones anteriores como una manera de advertencia y un incentivo para, esta vez, hacer las cosas mejor.
Entonces, de manera inconsciente o muy consciente, te prometes no volver a caer en ciertos patrones porque, qué ternura: “a mí esto no me va a volver a pasar”.
Y digo ternura porque, aunque sea un propósito genuino, con la manito en el corazón, todos sabemos que vamos a volver a caer en una que otra de esas conductas.
Lo bonito de todo esto es que, aunque de verdad no podamos controlar cómo vamos a actuar o cómo lo va a hacer el otro en esta nueva relación, sí existe una motivación en querer hacer las cosas mejor o, al menos, diferente.
De eso se trata evolucionar. De entender que hoy estamos en otro lugar, relacionándonos con personas que no son nuestros exes, que tienen su propio camino y que se encontraron con el nuestro para escribir un guion original.
Por eso, hoy, que mi corazón se descongeló, me estoy haciendo algunas promesas. Algunas muy privadas que no compartiría por acá, pero otras que pienso que le funcionan a todas las relaciones:
La promesa de no dar por sentado lo que tenemos.
La promesa de no dejar de sorprender al otro.
La promesa de evitar que nos consuma la rutina.
La promesa de no dejar de darnos besos.
La promesa de querer que el otro brille y de que brillemos juntos.
La promesa de recordar siempre qué nos enamoró y hacer todo lo posible para que esa llama siga viva.
Peeeeeero, aquí es donde viene la parte menos romántica pero más real de todas:
las promesas no se sostienen solas.
No es suficiente con sentir bonito.
No basta con quererse.
No basta con decir “tenemos que sacar más tiempo”.
Porque la vida es muy hábil para meterse en el medio.
El trabajo.
El cansancio.
Las pantallas.
Las responsabilidades.
Yo, por ejemplo, hoy me niego a querer en automático.
A compartir espacio, pero no presencia.
A hablar de logística, pero no de nosotros.
A estar juntos, pero no necesariamente conectados.
A dejar que la falta de intención le gane al amor.
Y para eso es necesario crear momentos que no pasen por casualidad.
Espacios donde la relación no sea el fondo de la conversación, sino el centro.
Por eso nació EscapaDates, una experiencia divina para parejas que hacemos en ConContraseña, mi fábrica de experiencias en Bogotá.
Un plan distinto para novios o esposos que quieren reconectar sin presiones.
Un rato para ustedes, para cocinar juntos, aprender algo nuevo, reírse, equivocarse un poquito y volver a disfrutar de la compañía del otro.
Y acá va una confesión muy honesta:
si yo no fuera la creadora de la experiencia,
si no tuviera este espacio,
si fuera simplemente una mortal más tratando de cuidar su relación…
este sería exactamente el plan que yo googlearía.
¿Por qué?
Porque no es terapia.
No es una cita incómoda.
No es una actividad forzada.
Es una experiencia pensada para recordar por qué nos elegimos.
Para cumplir, en la vida real, esas promesas tan lindas que uno se hace cuando siente que el corazón volvió a latir.
Si sientes que necesitas regalarte ese espacio,
si sientes que tu relación merece algo más que “salir a comer”,
si sientes que quieren crear recuerdos y no solo rutinas…
Haz clic aquí, tenemos algunos cupos.