Me han preguntado un montón de veces por qué no volví a hacer experiencias para solteros y solteras o que cuándo las voy a volver a hacer, y esta es la respuesta más sincera:
Aunque me encantaría hacerlas de nuevo —y las que hicimos fueron muy divertidas—, como organizadora me di cuenta de algo que me producía tanta frustración como a algunos de los asistentes.
El tema con este tipo de experiencias es que, cuando te apuntas a un plan que tiene como objetivo conocer a tu potencial pareja, de entrada lo haces con unas expectativas muy altas.
Existe esa ilusión bonita de asistir a un evento donde habrá otras personas solteras y es inevitable sentir que las posibilidades se amplían, sobre todo si ya has acuñado la expresión de “la calle está dura”.
Pero, ¿qué pasa cuando vas y no conoces a alguien que te guste?
O si te gusta alguien, pero no se fijó en ti.
O, en el peor de los casos, la mayoría de los asistentes son de tu mismo género (considerando que las que he planeado hasta ahora son experiencias hetero), lo que de entrada ya limita las opciones.
No hace falta que me lo digas. He estado ahí y la sensación es bastante jarta.
Sientes que esa platica se perdió, que quién te manda a ir a esas cosas, que no se hacía un caldo, que había mucha competencia, que mejor te hubieras quedado viendo Bridgerton en Netflix.
Si tú quedabas frustrado o frustrada, imagínate cómo me sentía yo.
Y no porque la experiencia no fuera chévere, sino porque es muy difícil no poder cumplir con las expectativas de las personas, sobre todo con un tema tan complejo y subjetivo como el amor, la atracción y la química.
¿Cómo garantizarle a alguien que sueña con conocer a su partner in crime que va a asistir esa persona que cumple con el Excel de condiciones que lleva un tiempo llenando?
Es imposible.
¿Y sabes qué es lo chistoso? Que durante mucho tiempo yo misma me sentía un poco mal.
Y digo me sentía porque, después de pensarlo con calma, entendí algo importante: el problema no está en este tipo de experiencias, ni en las mías ni en las que hacen otras personas.
El tema es que, sin darnos cuenta, a veces esperamos de estos planes algo que simplemente no pueden ofrecer.
Al final, este tipo de experiencias (o al menos las que yo hacía) no son fábricas de parejas ni catálogos tipo Tinder o Bumble, con fotos y filtros por edad, altura, signo zodiacal o nivel de responsabilidad afectiva. Son, en el mejor de los casos, espacios.
Mesas puestas, copas servidas, conversaciones inesperadas. Y eso ya es bastante.
Ahí fue cuando entendí que la frustración no venía de que el plan fuera malo, sino de la expectativa con la que llegábamos. Porque cuando el foco está puesto en “tengo que salir de aquí con algo”, cualquier cosa que no sea eso se siente como una pérdida. Incluso si la pasaste bien, te reíste, comiste rico, hablaste con gente interesante o simplemente saliste de tu casa a hacer algo distinto.
Y también entendí algo incómodo, pero lleno de verdad: el amor no se agenda, no se produce, no se puede curar. Pasa o no pasa. A veces en el lugar menos pensado y muchas veces cuando no lo estás buscando con el Excel abierto.
Por eso, y porque estoy convencida de que las cosas suceden cuando te quitas el peso de las expectativas y te abres a lo que la vida te trae, nació una experiencia maravillosamente relajada, pensada para disfrutar sin presión.
Se llama: El match inesperado.
Un plan donde el objetivo no es “levantar”, sino pasarla bien. Conocer gente sin la carga de evaluar si sirve o no para algo más. Donde, si conectas con alguien, increíble.
Donde si van más mujeres que hombres está perfecto y si van más hombres que mujeres también.
Donde pasé lo que pase, habrá valido la pena.
¿Y qué es El match inesperado?
Es una noche para dejarse sorprender.
Una cata poco convencional donde cada copa se marida con sabores inesperados, conversaciones que fluyen sin forzarse y personas que probablemente no conocerías de otra manera. Gente con la que, más allá de compartir mesa, compartes historias, risas y ese momento raro pero rico de sentirte cómodo sin tener que impresionar a nadie.
No prometemos que encuentres el match de tu vida.
Pero sí uno muy bueno con la noche.
Y con eso, honestamente, ya ganamos… o, al menos, habrá valido la pena no quedarse bajo las cobijas otra noche de sábado.
Incluye cata, maridaje (o sea comida para cada bebida) y, sobre todo, un parche buenísimo.
Fecha: 14 de febrero
Hora: 5 p. m. hasta que queramos
Valor por persona: $200, todo incluido
Lugar: ConContraseña, calle 109 con 15, Bogotá
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