Todos tenemos derecho a cometer errores

Siempre he pensado que todos tenemos derecho a cometer errores.

Bueno, no todos.

No sería chévere que te hicieran una ecografía abdominal después de una cirugía y se vieran claramente flotando en tu estómago unas tijeras.

Tampoco sería muy divertido que, al terminar un puente de 1 km en el llano, los obreros devolvieran seis cables tensores porque, según ellos, “sobraron” y así el puente se veía más bonito.

O que en el avión rumbo a tu soñada Bali, el piloto dijera por el altavoz: “Bienvenidos a la cuna de la independencia: Tunja”.

En estos casos, los errores cuestan caro, pero hay muchos que, por fortuna, tienen solución y, si no la tienen, pues qué le vamos a hacer.

En la cocina, por ejemplo, son el pan de cada día, y más cuando uno está aprendiendo.

En honor al desconocimiento se han metido muchos moldes de aluminio en el microondas, se le ha puesto salsa negra en lugar de esencia de vainilla a una torta, se ha agregado leche fría a las papas calientes cuando se va a hacer un puré, se han puesto cucharadas colmadas de nuez moscada en salsa bechamel, se han cocinado pechugas partiendo de agua fría, se han cortado cebollas al revés, se han frotado los ojos después de picar chiles, se han derretido cucharas de plástico friendo patacones, se han preparado arroces que terminan sirviendo para resanar paredes, se han cocinado garbanzos perfectos para rellenar maracas, se han asado carnes que, con un moñito, sirven perfectamente como chancletas y así, un sinfín de “oops” culinarios.

Lo rescatable de todo esto es que las consecuencias rara vez van más allá de un dolor de estómago, una muela partida o una pequeña explosión, y mal estaría juzgar algo que ocurrió sin malicia alguna. Por el contrario, detrás de cada desastre se esconde la bonita intención de querer alimentarse, y eso ya es loable.

Pero, ¿qué pasa si los errores en la cocina son frecuentes?, ¿si por más que lo intentas pareciera que nunca nada te queda bien?, ¿si sientes que esos talentos que la divinidad te otorgó para tocar La Campanella de Liszt te los quitó a la hora de ponerte el delantal?

¿Qué ocurre si la pereza que te produce cocinar bloquea por completo tus habilidades con el cuchillo, la espátula, las ollas y los sartenes?

¿Acaso está todo perdido?

No.

Como dice el famoso proverbio zen: “el maestro aparece cuando el alumno está listo”.

Y tal vez esta es la señal que estabas esperando para saber que estás listo(a).

Que todos esos agarraollas quemados y esas cremas grumosas tenían que pasar por tu vida para que un día abrieras tu correo y te encontraras con que existe una experiencia que te puede hacer olvidar todos tus desatinos y te reconcilie con el hermoso oficio de preparar tus alimentos o los de los demás.

Se llama: Se me quema el agua vol. 3.

La experiencia en la que te enseñaré preparaciones y técnicas básicas para defenderte en la cocina de manera exitosa, en medio de un ambiente relajado donde nadie te juzgará por tus conocimientos.

¿Eres un desastre en la cocina?

¿Sientes que nada te queda bien?

Calma.

En “Se me quema el agua vol. 3” descubrirás cómo, en muy pocas horas, puedes quedarte con un buffet de conocimientos que harán que el acto de cocinar no solo te parezca sencillo, sino también muy práctico y divertido.

Son 5 fechas y comenzamos el jueves 19 de marzo, de 6:30 a 9:30 p. m., en ConContraseña, mi cocina estudio.

Un lugar mágico ubicado en la calle 109 con 15, en la ciudad de Bogotá.

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