El extraño caso de un amor bonito

Hace poco pensaba en Benjamin Button, así, de la nada, como quien se queda mirando las luces del techo solo para analizar su simetría.


No sé si sabes quién es, y si no, te cuento un poco. Benjamin es el protagonista de una película donde nace con el cuerpo y las dolencias de un anciano, pero, a medida que pasa el tiempo, en lugar de envejecer, rejuvenece. Su vida transcurre contra el sentido natural del tiempo, desafiando las leyes de la vida y enfrentando amores, pérdidas y descubrimientos desde una perspectiva única.

 

Al final, Benjamin muere como un bebé.

 

Y entonces pensé… ¿y si las historias de amor fueran un poco como El extraño caso de Benjamin Button?


Esas en las que empezamos sabiendo demasiado, con el cansancio de lo vivido, un poco cascados por otros amores y desamores.


Donde nos encontramos con el otro cargando maletas enormes que superan el peso permitido: dolidos, rotos, abatidos, humillados, algo cansados. Y, de repente, con el paso de los días, los meses o los años, a ese corazón se le empezaran a borrar las arrugas, como si se hubiera tomado una buena dosis de resveratrol; las manos dejaran de temblar de miedo para contenerse en abrazos seguros, las cicatrices se fueran desvaneciendo y, así, poco a poco, fueran descubriendo lo que se siente estrenar el alma.


Yo creo que tal vez así es como se podría vivir el amor más honesto.


No ese que empieza con fuegos artificiales, promesas eternas y despliegues de plumajes de pavo real, sino el que nace en medio de lo que realmente somos.


El que no arranca con versiones idealizadas, sino con verdades pequeñas, con inseguridades en carne viva, con las manos temblando todavía un poco.


Porque a veces una pareja no llega para deslumbrar, sino para reparar; no para completar, sino para acompañar mientras uno vuelve a encontrarse.


Y tal vez por eso, las historias que desafían las cicatrices son las que mejor envejecen.


Porque cuando empezamos cansados y terminamos livianos, cuando dejamos de querer impresionar y empezamos a querer cuidar, entonces sí… se siente la esperanza que ofrece una hoja en blanco.

La cuestión es que lo que realmente pasa es que comenzamos al revés.


Nos deslumbramos con espejos y cascabeles, nos conocemos en aguas muy panditas, muy tibias, muy superficiales, y cuando pasa el tiempo, la rutina, la cotidianidad, la falta de encuentro, nos revela lo evidente: 


sí, ya hay cariño, ya hay historia… pero también un amor que empieza a cojear, a usar gafas porque ya no ve bien de cerca o que empieza a hablar de cuántos miligramos de Atorvastatina se está tomando.


¿Y qué hace uno ahí? ¿Lo deja morir? ¿Mata al protagonista antes de tiempo?


¿O busca la manera de volver a mirarse con curiosidad, de rejuvenecer las ganas, los detalles, los planes, la coquetería?


¿Por qué dejar que se desgaste como las rodillas, si existen “cirujanos” que pueden rejuvenecer relaciones mejor que los de Lindsay Lohan y Kris Jenner?


Está bien… no cirujanos, pero sí experiencias.


Por ejemplo, las Escapadates en Concontraseña: una experiencia muy bonita, diseñada para parejas, en la que no solo vivirán un plan diferente, sino también una manera divertida y natural de reconectar.


Sin la presión o el requisito de tener que “arreglar” algo o de sentir que hay que hacer demasiado para volver a encontrarse.

 

Acá se trata de regalarse un espacio para los dos, de disfrutar la compañía del otro mientras preparan un menú muy rico, de reírse, de mirarse distinto y, por qué no, de sentir que el amor —cuando se atreve a salir al patio de juegos de nuevo— también puede rejuvenecer.


Si te animas, haz clic AQUÍ.

 

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