¿Qué pasó?
—¿Qué pasa, hija?
—Majo… ¿qué pasa?
Cada segundo de silencio acrecentaba mi angustia.
Mi hija tiene, en ocasiones, una manera muy humana de mostrar sus emociones, pero que a mí, su mamá ansiosa, me llena de preocupación.
Esa mañana era una de ellas.
Se acercó a mí mientras yo trabajaba en el computador, con el labio inferior tembloroso, los ojos vidriosos, repletos de lágrimas contenidas y con esa mirada que, de inmediato, me dice que algo la conmovió hasta la médula.
La conozco, pero igual me asusto.
Sin hablar, me mostró el puño de su mano cerrada. Lo abrió y, mientras dejaba caer los manantiales contenidos sobre sus mejillas, me dijo:
—Me encontré a Dj. Trolli.
Una hora antes, al verla en ese desparche post cursos vacacionales y cumpliendo la nunca puntual cuota de pantallas del día, le dije que era el momento de organizar su cuarto y hacer una limpieza general. En esas apareció el pequeño troll de plástico que, en pandemia, bautizamos como Dj. Trolli.
A simple vista, esto suena a un drama caricaturesco al mejor estilo de La Carabina de Ambrosio (sí, lo sé, esa referencia delata que ya tomo estrógenos en la mañana y progesterona en la noche), pero la verdad es que detrás de tanta conmoción se escondía un motivo muy hermoso.
Majo no lloraba porque hubiera encontrado un muñeco. Su sensibilidad estaba ligada a un recuerdo muy poderoso.
Tenía cinco años. Estábamos encerradas las dos, como el resto de la humanidad, navegando la incertidumbre del COVID-19. Parte de nuestra rutina diaria era montar un escenario fantástico con bloques de madera y cajas de colores, habitado por toda clase de personajes: Leoncito, una princesa de una Cajita Feliz, Tortuguín, el Señor Papa, la piedra Majestic —que era literalmente una piedra pintada de gris platinado— y, por supuesto, Dj. Trolli, un troll que armaba tremendas rumbas electrónicas.

Todos los días, durante al menos una hora, nos sumergíamos en ese mundo que nos hacía olvidar lo que pasaba afuera, la angustia de no saber qué cuánto tiempo estaríamos así. Pero, al mismo tiempo, nos regaló una de las etapas más felices y cercanas que hemos vivido mi hija y yo.
En esos momentos nos conocimos mucho más, nos reímos un montón, llevamos la creatividad al límite creando espacios e historias distintas para cada día. Construimos y destruimos.
Todo eso mientras yo hacía una pausa en mi trabajo o esperábamos que se horneara el pan de banano número 23 de la temporada de encierro.
Porque sí, también cocinamos muchísimo tiempo juntas.
Entonces, las lágrimas, el puchero y la emoción no eran por un muñeco de pelo parado. Eran por la nostalgia de recordar el mejor regalo que pudimos hacernos: compartir tiempo juntas. De verdad.

Y aunque siempre he tenido claro que mi hija recordará mucho más nuestros momentos que los regalos que le he dado —y seguramente a ti también te pasa—, a veces se nos olvida.
Como también se me habían quedado guardadas experiencias que diseñé y dejé en un cajón para cuando llegara el momento indicado.
Pues bien, hoy es un buen momento.
Gracias a ese recuerdo que apareció en una canastica de mimbre, junto a muchos otros, decidí volver a lanzar

Una experiencia maravillosa para vivir junto a tu hija, tu hijo, tus sobrinos o tus nietos. Uno de esos momentos que nunca se olvidan: cocinar juntos y descubrir que, además de aprender a preparar un menú delicioso, en la cocina también se cuecen la complicidad, la ternura y la felicidad.
¿Cómo es el plan?
Domingo 26 de julio
11:00 a. m. a 2:00 p. m.
Nos encontraremos en Con Contraseña, nuestra fábrica de experiencias: un espacio mágico y acogedor ubicado en el norte de Bogotá.
El menú que elegimos no es casualidad. Resulta ser uno de los favoritos de muchos niños y niñas: gyozas, sushi y un postre delicioso.
¿
Después, nos sentaremos alrededor de la mesa para disfrutar todo lo que preparamos y compartir un momento muy especial.
Si te imaginas viviendo esta experiencia junto a tu hijo, hija, sobrino o nieto, haz clic en aquí.
Estás a un clic de crear un recuerdo que puede durar toda la vida.