Oigo voces en mi cabeza

“¿En qué piensas?”

 

Creo que es una de las frases que más me dice mi hija cuando me ve echando globos con la mirada perdida , y yo no sé cómo explicarle que, en realidad, no estoy pensando en nada importante.  

Que lo que está pasando es que hay dos personajes conversando en mi cabeza, dándose argumentos muy sólidos para decidir si cocinar… o pedir algo por Rappi.

 

El partidario de Rappi suele ser muy seductor.  

No sé cómo lo hace, pero gana la mayoría de las veces.

 

Te habla de no pararte del sofá.  

De no lavar platos.  

De solucionar rápido.  

De calmar el hambre en un clic.

 

El otro, medio atembado —o más bien haciéndose el loco— se deja convencer fácil.  

Incluso se siente aliviado.

 

Hasta que a final de mes le cae la realidad con toda:

 

El pago mínimo de la tarjeta es una obscenidad impublicable que lo aleja cada día más de su sueño de conocer Turquía.  

Reprobó el examen anual de colesterol y triglicéridos.  

Le tuvo que abrir otro hueco al cinturón.  

Subió a un segundo piso y se sintió como subir a Monserrate.  

Y el rappitendero lo nombró padrino de bautizo de su hija. No supo decirle que no. Cómo hacerlo, si ya lo veía como un hermano.

 

Y es que es muy fácil caer en la practicidad.  

Como también es muy fácil darse palo después.

 

Porque sí… nos damos durísimo cuando vemos las consecuencias de no comer más caserito, más balanceado, más consciente.

 

Pero ¿sabes qué?  

Este no es el momento de latigarnos ni de echarnos Mertiolate en la herida.

 

Ya lo que pasó, pasó.

 

Porque nadie —absolutamente nadie— se propone comer mal.  

NADIE.

 

Uno no se levanta diciendo:  

“Hoy quiero sentirme pesada, sin energía, con hambre emocional a las 4 de la tarde y por eso voy a comer como si no hubiera un mañana”.

 

Pero pasa.  

Repetidamente.  

Misteriosamente.

 

Y no es falta de amor propio.  

Es falta de opciones realistas que realmente den ganas y que no nos hagan pasar un montón de horas en la cocina.

 

Porque cuando comer “saludable” se siente como hacer lagartijas con las manos apoyadas en granos de maíz pira, la batalla está perdida desde el inicio.

 

Es muy difícil competir contra una mala decisión…  

que además viene acompañada con miel, guantes de plástico y papitas agrandadas.

 

Entonces el problema no es la voluntad.  

Es el menú y que aún no conoces el método para crearlo de forma sencilla, práctica y económica.

 

Por eso este correo nunca fue sobre ese pedido, ni sobre Rappi, ni sobre la culpa post-comida.  

En realidad es una invitación muy chévere y divertida para aprender a cocinar platos que sí se antojan, que además te hacen bien y que no te hacen sentir que estás castigándote por algo.

 

Si te suena, este 28 de enero a las 6:30 p.m., vuelve a ConContraseña —mi fábrica de experiencias en Bogotá—  Con el pie derecho, una clase de cocina saludable para gente normal:

 

La que trabaja.  

La que se cansa.  

La que a veces pide algo.  

Y la que quiere comer mejor sin sentir que está renunciando a la felicidad.

 

Sabores frescos, recetas simples y un método que demuestra que comer balanceado puede ser rico, fácil y sostenible.

 

Si quieres separar un cupo antes de que el personaje seductor vuelva a ganar, haz clic aquí.