Qué curioso.
Mientras estaba sentada en esa banquita Rimax de tres patas, al lado de una carpa de mecato improvisada, incómoda por esos calores que no se sabe si son de Cali o de la perimenopausia, triste porque se me acababan las vacaciones, contrariada porque el jején se estaba dando un banquete en mis inmaculadas piernas blancas, y preocupada porque el botón de mi pantalón anunciaba que no me cabía un mililitro más de champús ni un gramo más de empanada, mi tía Chela —quien nos había invitado a tardear de despedida— me dijo algo que nunca esperé:
—“Se te ve tan serena, moacha (ella me dice así)… transmitís tanta paz…”
Yo solo atiné a decir: ¿en serio?
Me pareció muy bonito que lo dijera. Uno de mis propósitos en la vida es vivir con serenidad, pero para ser sincera, en ese momento yo solo sentía que era un mar de angustias. Válidas o no, pero al fin y al cabo, angustias.
Estoy llena de ellas. Si pudieras entrar en mi cabeza y recorrer la estantería de preocupaciones innecesarias que habitan en ella, no sé si te sorprenderías o si sonreirías con esa empatía que se siente cuando descubres que no estás solo en el mundo.
Tengo unas muy arraigadas, no trascendentales, pero que me amargan la vida.
Por ejemplo, me angustia pensar que, al entrar a la sala de cine, la película ya haya comenzado. No lo soporto. Prefiero salirme.
Me angustia quedar en la silla del medio en un avión.
Me angustia cuando parqueo en un lugar donde hay cuidador y yo no cargo ni una moneda, porque me angustia decirle: “le quedo debiendo, amigo”. Sobre todo cuando sé que tal vez nunca lo vuelva a ver… y nunca le pague la deuda.
Me angustia ver cómo la carne de mi antebrazo se mueve como un slime cuando escribo en el tablero de mi negocio y siento que la flacidez ha llegado con toda.
Me angustia cuando me piden descuento.
Me angustio cuando me sorprende un televisor o un radio con noticias (pues en mi casa no se ven desde hace más de 20 años), y aunque trato de esquivarlas como Neo gambeteando balas en Matrix, es inevitable toparme con alguna en el transcurso del día…
O cuando, en medio de esas selfies de ascensor o frases motivadoras que aparecen mientras escroleo en Instagram, surge de la nada un artículo de una revista inglesa que llega para recordarme mi angustia más grande.
Decía algo así como que, cuando la gente está a punto de morir, lo que más lamenta no es lo que hizo… sino lo que no hizo.
Lo escribió una enfermera llamada Bronnie Ware, quien ha pasado muchos años en contacto con personas a las que no les daban más de 12 semanas de vida. Ella recopiló todos y cada uno de los epitafios que a la gente le gustaría grabar a fuego en su memoria más allá de la vida, así como los episodios de los que se arrepienten.
Me detuve ahí.
Volví a leerlo.
Y me imaginé a esas personas en sus camas, repasando sus vidas como si fueran escenas de película, con esa lucidez extraña que dicen que llega cuando uno ya no tiene que correr a ninguna parte.
Y lo que decían, casi todos, era lo mismo:
Ojalá me hubiera permitido ser más feliz.
Ojalá no me hubiera guardado tantas ganas.
Ojalá me hubiera dado permiso de hacer cosas solo porque sí.
Y claro, es fácil leer eso desde la distancia, pensar que uno tiene tiempo, que esas cosas no aplican todavía.
Pero… ¿y si sí?
¿Y si ahora es justamente cuando más deberíamos darnos permiso?
Ahora, el artículo no es que esté haciendo una reflexión novedosa.
Seguro has llegado a ella de otras maneras, pero cuando yo lo leí, se activó de nuevo esa angustia que, a diferencia de las demás, ha determinado en gran parte la manera en la que quiero vivir mi vida.
Con mi prima Meli lo llamamos: “vivir la vida como turistas”.
Eso no significa andar en chanclas en Bogotá como los incautos anglosajones que nos visitan, o ponerse un sombrero de mariachi y tomarse fotos con las llamas en la Plaza de Bolívar.
Significa mirar los días con más curiosidad, bajarle al afán, ponerle atención a los detalles que normalmente damos por sentados.
Es parar a probar la milhoja de una panadería que no conocías.
Es decirle que sí al plan de última hora.
Es meterte por una calle distinta solo porque viste que tenía una casa llena de enredaderas.
Es inscribirte a un city tour en tu propia ciudad para conocer la historia de sus grafitis.
Es hacer algo por primera vez… solo por el gusto de hacerlo.
Yo sé, suena romántico.
Y lo es.
Pero también es urgente.
Porque uno no sabe cuántas veces más le quedan para hacer algo por primera vez.
Ni cuántas oportunidades más tendrá de armar un recuerdo nuevo.
Y por eso te escribo esto.
Porque acabo de abrir la agenda de experiencias de agosto en Con Contraseña y me encantaría que una de esas primeras veces —o segundas, o décimas, pero sabrosas— te la regales este mes.
No son clases de cocina.
Son excusas.
Para salir de la rutina, para reírte, para conocer gente, para tomarte ese vinito que no te tomaste en julio, para volver a mirarte distinto.
Para vivir la vida como turista, pero sin salir de Bogotá.
Si te suena, haz clic aquí para ver todo lo que preparamos con amor.
Elige la que más te suene y apúntate sin pensarlo tanto.
Y si no es este mes, que no sea por falta de ganas.
Pero si es este mes, ojalá te dé por mirar la agenda y decir:
“hagámosle, que la vida es un ratico.”