Y así fue cómo salí de la más profunda soledad.

—“Puedes quedarte en mi apartamento mientras tanto. Me voy unos días de vacaciones y queda solo. También puedes guardar tus cosas en uno de los cuartos que tengo desocupados”.

 

Con esas palabras, Alejandro, compañero de trabajo y buen amigo, había resuelto uno de los dilemas más grandes que tenía en ese momento.

 

No tenía dónde vivir. Había comprado un apartamento que terminaron entregándome un mes después de lo previsto y, como les había avisado a mis roomates que me iba, ellas ya habían encontrado mi reemplazo, quien debía mudarse ya a la que era mi habitación.

 

La logística de la vivienda estaba resuelta; ahora debía preocuparme por apaciguar un desalojo más doloroso: el del desamor.

 

Dicen que la noche es más oscura justo antes del amanecer y, en ese momento de la vida, la mía era color negro azabache.

 

Todo se me había juntado: no tener dónde vivir, mi mejor amiga no me hablaba por un triste malentendido y mi novio (con el que además trabajaba) había terminado unilateralmente nuestra relación y yo no me había dado cuenta.

 

En esas cuatro paredes frías, por no decir heladas, del cuarto que mi amigo me había prestado, no podía dejar de preguntarme en qué momento había caído en el agujero más profundo de la soledad.

 

Como trabajaba con mi exnovio y nuestros compañeros de trabajo eran a la vez los de rumba (una combinación muy sana), yo había decidido dar un paso al costado y condenarme al exilio social.

 

Una especie de autoflagelación que hoy me resulta patética, pero qué hacía… era lo que mi nivel de consciencia a mis 23 años, en ese momento, me permitía.

 

Lloré mucho. Fueron muchas noches grises y muchos fines de semana deambulando por las calles de Chapinero Alto mientras me fustigaba con el látigo del victimismo.

 

“Ayyyyy qué sola estoy…”

 

Un día me armé de valor y, cansada de hablar conmigo misma, llamé a una gran amiga de la que me había alejado un poco y, mientras caminábamos por los pasillos de Unicentro, le hablé del momento por el que estaba pasando y de la soledad tan infinita que estaba sintiendo.

 

Confieso que mi intención era, como todas las víctimas, que ella se uniera a mi lamento boliviano y se montara en la parte de atrás de mi nube negra.

 

Para mi sorpresa, no lo hizo. En cambio, hizo lo que las personas que de verdad te quieren hacen o deberían hacer: me cuestionó.

 

“Lo siento, Cata, pero si te sientes sola es porque tú lo decidiste. Tú elegiste alejarte de todos, meterte dentro de tu caparazón, protegerte del dolor de la tusa y, de paso, llevarte a varias amistades por encima. A ti nadie te ha alejado o rechazado. Tú eres la que lo hiciste”.

 

Ouch. Me dolió como cuando en la enfermería te echaban Mertiolate en una raspadura abierta, pero luego, una vez pasado el ardor, sentí el alivio de la cruda verdad.

 

María Isabel, mi amiga, tenía la boca llena de verdad.

 

Ese día no solo me hizo ver la historia tan lastimera que me había estado contando, sino que también me hizo caer en cuenta de que la responsabilidad de cambiar el desenlace era mía y solo mía.

 

En ese momento sentí como si me desdoblara y una Catalina más optimista, madura y sensata me dijera: bueno ya, vamos a ponernos las pilas y a dejar la pendejada.

 

Ese mismo día me compré una minifalda divina, me corté la capul por aquello de cerrar ciclos y me fui de rumba como no lo hacía desde hacía cinco meses.

 

Ese día decidí —y ojo a la palabra: DECIDÍ— ponerle punto final al dramatismo y hacerme cargo de mi felicidad.

 

De eso ya han pasado 23 años y, aunque sí, me he vuelto a sentir sola una que otra vez y sí he estado en la inmunda en varias ocasiones, lo he navegado desde un nivel de consciencia distinto, donde sé que puedo salir de ese estado si se me da la gana. No hay de otra.

 

Por eso, cuando alguna persona me cuenta o se queja de su soledad, por lo general desde una posición de “pobre de mí”, en principio siento empatía, también compasión y luego, como es natural en mí, siento un arranque de solucionarle la existencia y decirle las palabras que me dijo mi amiga.

 

Que sí, que te entiendo, que sí, que he estado ahí, que sí es muy duro, que sí a todo, peeeeeeero que también es cierto que no existe el hada de los solitarios. Así que, si está esperando a que alguien le conceda el don de tener un millón de amigos y una vida social prolífica como por arte de magia, mi querida amiga, amigo, familiar… eso no va a suceder.

 

Salir de ese estado requiere valentía, determinación y, sobre todo, tomar acción.

 

De agarrar el teléfono e invitar a alguien a hacer un plan. Sí, así no se hayan hablado en meses. Que sea un motivo.

 

De inscribirte en un club de running (¿sabías que la gran motivación de los corredores no es sudar ni medirse el tiempo, sino pertenecer y tener parche?).

 

De estudiar algo que te interese.

 

O de inscribirte en actividades por el simple hecho de pasarla bien, sin mayores expectativas, sin esperar salir con tres mejores amigas para recrear escenas de Sex and the City o con un galán que quedó prendado de ti al ver cómo pintabas un unicornio de cerámica.

 

El solo hecho de atreverte a hacer algo nuevo, de poner en pausa Netflix, de lanzarte a sentarte solo o sola en la barra de un bar, de apuntarte a clases de baile así se mueva más una moneda en un masato, ya está moviendo los piñones de tu vida y, cuando menos lo pienses, vas a descubrirte tomando cafés con gente nueva, alineada con tus intereses. Gente que también se ha sentido sola y ha descubierto en ti una compañía valiosa y fascinante.

 

Y sí, sé que hacer esto no es fácil para todo el mundo, por eso digo que es de valientes. Tal vez porque lo sé es que hace tres años me dio por abrir ConContraseña, mi fábrica de experiencias. Un lugar que, aunque en principio se vea como un espacio para aprender a cocinar o mejorar otras habilidades, en realidad es la excusa ideal para conectarte con otras personas sin que se sienta incómodo, forzado o que alguien te mire y piense: miren todos a la loser que vino a una clase sola.

 

Porque, dato curioso: absolutamente nadie piensa eso. 

 

Y si esa ha sido la razón por la que alguna vez te has cohibido de ir a un plan solo o sola, siento decepcionarte, pero aquí entre nos, a nadie le importa. 

 

Y menos en un lugar como ConContraseña, donde cada plan y experiencia está diseñado para que la pases buenísimo, en un lugar seguro, donde te sientas cómodo o cómoda, a gusto, relajado, con la felicidad de sentir que perteneces a algo, así sea por unas horas, y que te regalaste un momento para ti.

 

Y justo por eso hoy quiero invitarte a una experiencia que nació para esas épocas en las que uno necesita aire, más sabor en la vida y un motivo para salir de la cueva sin sentir que está “socializando a la fuerza”.

 

Se trata de Alitas, Margaritas y otras cositas.

 

 

 

 

Una experiencia única que juega exactamente en esa frontera deliciosa entre clase y fiesta.

No es una cosa ni la otra: es las dos.

 

Aprendes algo nuevo, te ríes, conoces gente y, de paso, te das permiso de cambiar la vibra de la semana.

 

En ella, además de aprender a preparar variedades de alitas, vas a descubrir esos acompañamientos estrella que elevan cualquier plan casero, conocerás los secretos para preparar unos margaritas como deben ser y, además, vas a tener una cata de tequila y mezcal guiada por Nicolás Reines (el mejor sommelier de Colombia), que abre conversación hasta con el más tímido.

 

¿Y sabes qué es lo más chévere? Que no es el tipo de plan donde tienes que esforzarte para encajar. Es un lugar donde simplemente apareces y ya estás dentro.

 

Será el próximo viernes 28 de noviembre a las 7:30 p.m.

 

Y sí, puede que vengas con amigos. O puede que vengas solo.

No importa.

Lo importante es que vengas. Que decidas moverte. Que te regales la posibilidad de conectar, salirte de la cueva y darte cuenta de las cosas bonitas y divertidas que están pasando afuera.

 

Así que, si hace rato necesitas un empujoncito para romper la inercia o estás buscando un plan diferente para pasarla bueno con tus amigos, este es un buen comienzo.

 

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¡Quedan muy pocos!